Hace unos años, necesariamente pocos, dada la juventud de la artista, tuve oportunidad de escribir unas líneas con ocasión de una muestra de su pintura. Como no me desdigo y como es un hito en su carrera apunto ahora síntesis de unas reflexiones de entonces.

Autenticidad en su obra, manifiesta para quienes bien la conocemos, porque surge de una exigencia de su forma de ser, de una obediencia a esa necesidad interior tan cara a Kandinsky. El núcleo de su obra sugiere superficies y profundidades orgánicas a cuyo servicio se encuentran líneas de notable expresividad. Lo destaco porque es importante y continúa siendo cierto. Pero en pocos años de trabajo, se aprecian indudables virajes formales y a ellos vamos, a la muestra que nos brinda.

No es necesario encasillar el arte en estilos, corrientes y escuelas, pero tampoco es ocioso. No deja de ser un instrumento que facilita la comprensión artística en sus etapas iniciales. Más adelante se puede prescindir y centrarse en las obras. Así lo hago.

Abstracción lírica o expresionismo abstracto, sinónimos conceptualmente pero en el caso de la artista más lo primero por el permanente lirismo latente. Dentro de él, entre tachismo y grafismo, se decide por el primero; la mancha prevalece. Todavía más adentro, entre el “soft” y el “hard”, se inclina decididamente por el “soft”, por la mancha sin contorno delineado, como acontece en el gesto libre.

CAOS: En un fondo de blancura luminosa, luz en su integridad cromática, un ritmo de horizontales en violeta oscuro es el ascenso y la ascesis, subrayados enérgicamente por laterales de igual tono, que más arriba reaparecen fragmentados por la irrupción de manchas, mejor toques, dorados, que llegan a la cúspide hasta su disolución. El bello contraste cromático figura la lucha, los conflictos y decisiones que en su caso se resuelven en admirable armonía.

RACIONALIDAD: Monocromo de oro viejo sobre el lienzo crudo. Pero mil matices en las tonalidades por el juego de saturaciones. Un ancho surco vertical, de saturación extrema, fluido en la forma, sin más límites que los que deja un gesto meditado pero no limitado. Un segundo surco, gemelo por su intensidad pero de más débil forma, surge desde el centro y es réplica, eco o retoño del primero. Y en la aventura, que es todo el resto, veladuras que sólo mediante una mano sensible y provista de técnica muy trabajada llegan a comunicar la belleza de la emoción.

ESPERANZA: Una obra de ritmos distintos pero armonizados, donde la mancha se convierte en gesto. Son los ritmos de una danza en sus diferentes secuencias, con amplios espacios neutros que son vacío que subraya el dinamismo, al darle amplitud, y también con zonas trabajadas a base de diluciones de similar tono que recuerdan que la danza, tal vez danza de la vida, ocurre en contextos complejos, en los cuales está forzada a desarrollar su acción.

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PUESTA DE SOL NUBLADA: Una obra en cuyo lirismo dialogan las formas del “soft” y el “hard”. Las manchas naturales, “soft”, al albedrío de la mano, ceden protagonismo a otros contornos precisos, “hard”, que en su continuidad inundan la superficie. Es un paisaje urbano con las esencias de gran urbe, vencido hace poco el crepúsculo. De ahí la geometría de las formas primordiales, en vigoroso azul cobalto que se sobreponen a un fondo verde gris, muy rico, que alumbra destellos blanquecinos en los arrabales. Se incorporan también, en coprotagonismo cromático, manchas anaranjadas, ahora “soft” en su mayoría, que permiten ver retazos de vida de la ciudad en su intimidad. Extraordinarios diálogos en esta gran obra, grande en dimensiones y en recursos plásticos. Diálogo entre los matices del cobalto y el naranja, diálogo entre el “hard” y el “soft”, diálogo entre saturación completa y diluciones. Que son diálogo entre vida al cubierto y al descubierto, que a la postre remite al diálogo entre concepto y sentimiento. Lo esencial es que siendo tantos los diálogos, la artista ha logrado armonizarlos todos.

SERENIDAD: Formas muy variables, en limitados contenidos unas, en su espontaneidad otras. Gama cromática extensa pero controlada, de oros, esmeraldas, bermellones y magentas que se diversifican según la gradación de saturaciones. Texturas variadas que exhiben la huella de la aplicación. Ahora, sólo ahora, pueden vislumbrarse significaciones: Lo natural frente a lo artificial en las verticales izquierda y derecha, la vegetación frente a la escultura; es una posibilidad. Hay, sin embargo, otra mejor: Es una obra pictórica de estrecha afinidad con la música, con un concierto; no con una sinfonía, a pesar del despliegue de recursos apuntado, sino con un concierto para los diálogos señalados, concierto para dos o tres solistas y una orquesta que recoge la riqueza del contexto. Y un “leitmotiv” que en vez de melodías y armonías propias de cada personaje, son colores para cada tipo de forma, ya cerrada, ya abierta.

CUADRADO II: Personal homenaje de la artista al cuadrado, la idea y obra de Albers interpretada según su persona. Hay cuadrados concéntricos y se respeta la disciplina que entrañan. Pero agrega su lirismo y desvanece los límites, que siguen existiendo pero son generosos en la amplitud de su exhibición. La gradación de azules, desde casi el cian hasta el cobalto y ultramar, son un regalo por su bella armonía.

AMAPOLAS: A modo de un Vermeer abstracto, por el juego de luz que proporciona el holandés con la ventana y aquí lo hace una mancha amarilla tan diluida que inunda sus alrededores, dejando a la vista la luz que transmite en amarillos y verdes concordantes y, donde no llega, la sombra en azules ultramares. Belleza de colores por sí y por contigüidad. Composición muy lograda y rica en sugerencias.

Tal vez sea conveniente resumir. No es necesario, porque lo dicho, dicho está, para quien desee entender. Pero vayan unas claves, brevísimas, ya puestos, para compartir ese goce ante la obra de la artista, esa contemplación que va desde la percepción a la recreación y finaliza en la interpretación.

Sensibilidad manifiesta en formas y colores. Texturas y huellas deliberadas de aplicaciones que enriquecen. Elecciones de recursos plásticos y gestos medidos que armonizan entre sí y con la persona de la artista.

Formas de gran expresividad, producto de la reflexión y también de un automatismo intuitivo, precisamente las dos fuentes que deben verter y vierten su vitalidad.

Interpretaciones, significados, han sido dichos. Pero no importan mucho: lo que importa, como nos enseñaron las Vanguardias, es la autonomía de la forma y el color, de una y otro por sí mismos, sin préstamos. Ahí reside el mérito artístico de la obra en su verdadera autenticidad.

 

Javier López – Gil Antoñanzas

Escritor, autor de:

El Lenguaje de las Artes Plásticas, Editorial Gran Vía

La Experiencia Artística, Editorial Gran Vía